lunes, 20 de mayo de 2013

"Han tomado demasiado vino..." (Hch 2, 13)


Como algo que Dios ha infundido en mi persona reconozco mi deseo de ser abierto las diferentes expresiones de fe de todas las personas. Esta sensibilidad, que yo creo firmemente viene de Dios, me ha ayudado a escuchar con respeto las distintas formas en que la gente sencilla va viviendo su fe y si hay necesidad de corregir algo, hacerlo con caridad, delicadeza sin perder el objetivo y decirlo claramente. 


Hemos celebrado recientemente la fiesta de Pentecostés, y nuevamente me tocó escuchar muchas voces entorno a esta celebración de la venida del que es el protagonista actual en la santificación de la iglesia. Por un lado escucho a muchos hermanos que se han preparado sistemáticamente en la doctrina de la fe y dan su opinión sobre lo excesos en que se puede incurrir en una mal dirigida piedad pneumatologica y escuché a los otros que hacen de la fiesta de Pentecostés un día mágico y portentoso como no lo es ningún otro día, y esperan con ansia su llegada. 

Yo esta vez quise ser observador, al mismo tiempo que en mi labor de pastor fui organizando la Vigilia de Pentecostés de mi parroquia. La experiencia fue enriquecedora y me dio la oportunidad de tener mi punto de vista, no personal, sino en comunión con Dios. 

Mi visión ha sido la siguiente. Nuestra iglesia necesita, definitivamente, dar la importancia que en realidad tiene el Espíritu Santo como Santificador nuestro. Esa es su misión: santificarnos. Si esta misión no se va cumpliendo como un compromiso vital en la vida de quienes buscan tanto la "asistencia del Espíritu Santo" seguirá siendo difícil que los otros crean en sus experiencias o que las perciban como una simple búsqueda de lo extraordinario o de lo emotivo y sensitivo. Si no existe un verdadero caminar en la conversión a la Santidad, se desvirtuará tal piedad. 

Sin embargo por el otro lado hago un llamado muy especial a quienes como yo hemos de alguna manera minimizado la experiencia de nuestros hermanos de renovación. Podemos correr el riesgo de generalizar algo que hemos visto sólo en unas cuantas o (muchas, pero jamás todas) personas. Yo puedo decir con mucha alegría que he visto a muchos de esos "borrachos del Espíritu Santo" en esa misma lucha que yo vivo caminando verdadera y honestamente hacia la Santidad.

He caído en la cuenta de que tampoco puedo menospreciar la diferentes formas en las que Espíritu se expresa, pero mantengo mi vigilancia en los excesos y en el protagonismo de lo que es secundario según lo decía el mismo San Pablo "ustedes aspiren a los dones más valiosos" y presentaba así al amor como el don perfecto que nos hace verdaderos discípulos. 

Así pues con esta mentalidad colaboré y asesoré la Vigilia de Pentecostés y me di la oportunidad de vivir un momento definitivamente especial. Todo momento de oración es un momento especial, y yo me dispuse a orar al Espíritu Santo, a cantar y un poco bailar aunque no se me de mucho. Escuche las predicaciones de un expositor carismático de experiencia, que me enriqueció de muchas maneras, y después vino el turno de Gerardo Rivera, uno de mis jóvenes y coordinador de la Pastoral Juvenil  (de espiritualidad carismática también)  a quien pedí que compartiera una predicación acerca del Espíritu Santo como fuego y a quien fui asesorando. Ahí comprendí que la apertura y la compañía de los pastores es fundamental en toda experiencia de Dios, recordé mi obligación de conducir a las ovejas a "los pastos verdes y a las aguas tranquilas" y también vi que la docilidad de aquel muchacho también era un ejemplo para todos los que viven esta espiritualidad. Fue así que la combinación entre el soporte sacerdotal, su docilidad al sacerdote y por supuesto la oración continúa por ese momento dieron como resultado una gran predicación que yo y todos los que estuvimos ahí pudimos disfrutar. Allí definí que la cooperación de todos es comunión que expresa amor y por tanto a Dios.

Luego vinieron las alabanzas, los cantos, y otras devociones. Parecían borrachos, pero no eran los primeros en la historia de la iglesia. Me quedaba claro que mi labor consistirá entonces en que vivan embriagados del Espíritu Santo, o como lo diría la recta doctrina "inhabitados" por él, así como he buscado que sean dóciles a la voluntad del Padre, y apasionados amantes de Cristo. 

Mi expresión de fe favorita para ofrecerle al Espíritu Santo, no es levantar las manos, o exclamar a vivas voces, no busco hablar en lenguas más que aquellas con las que me pueda hacerme entender al que no conoce o ama aún a Dios, sigo buscando ganarme la confianza y establecer una relación comprometida con una persona y descubrir que es lo que bulle en su interior, a recibir un moción interna y espontánea, en fin, mi expresión de fe favorita para ofrecer al Espíritu Santo es mi búsqueda de la santidad, sin por ello despreciar esos gestos sencillos que no recientemente ha venido haciendo en los bautizados que lo invocan con fe sencilla. 

Como un compromiso personal en este Pentecostés he querido manifestar más abiertamente mi amor personal a Dios Espíritu Santo, que me hizo hijo de Dios en el bautismo, que me capacitó como apóstol de Cristo en la confirmación, que me consagro sacerdote en mi ordenación sacerdotal, que viene a este simple y humilde siervo para administrar la gracia de Dios, y por supuesto que hace arder mi corazón por Cristo y me emborracha sin sentir vergüenza de ello. 


viernes, 10 de mayo de 2013

Carta de una Madre a otra



Querida hija, se acerca el día de ese especialísimo festejo por nuestra maternidad. Tu y yo somos madres, Dios nos permitió serlo. Él hizo de nuestro vientre el escenario del milagro que él más ama: el hombre. 

Escúchame, no hay bebé en el vientre de una mujer que Dios no haya querido con plena voluntad y amor depositar ahí, en las condiciones más felices o más trágicas. Para él un niño es razón de alegría en medio del dolor, y así alegra la vida en el mundo, así nos alegró a ti y a mí ¿o no recuerdas la alegría inefable e indescriptible de cargar por primera vez a ese pedacito de vida por primera vez? Eso nunca puede ser olvidado por una madre. La maternidad es sacramento de Dios, imagen de su amor. 

Concebir un hijo, sentir como Dios lo va tejiendo durante esos meses, descubrir sus primeros latidos, reconocer sus movimientos es un privilegio que solo tú y yo, querida hija, podemos contar. Sabes que hay otras mujeres que todavía vivieron un milagro mayor porque sin llevarlos en su vientre vieron cómo Dios hizo aparecer un hijo que no concibieron, pero que tan pronto como lo recibieron lo amaron como si lo hubieran hecho. Dios busca siempre mamás para todos los pequeñitos en el mundo. 

Todos tienen destinada una mamá, así lo tenía contemplado Dios en su eternidad. 
Y el día que nació tu hijo te diste cuenta que no sabíamos qué hacer, buscamos consejos, leíste infinidad de libros y aún así muchas noches nos levantamos a verificar su tranquila respiración y hasta quizás lo despertamos a propósito para saber que estaba bien, valía la pena el llanto y el esfuerzo por dormirlos de nuevo. 

Así hemos aprendido a ser mamás. Sé que has orado muchas veces pidiéndole a nuestro Padre Dios la sabiduría para hacer bien la tarea que te ha confiado. Te he visto llorando por que alguna vez cometiste un error al corregirlo, y sé como sufres ahora que ya no son niños. 

Déjame darte algunos consejos, querida hija, y estoy segura que te servirán. 

Recuerda siempre que esos grandes amores nuestros no nos pertenecen y eso no significa solo dejarlos libres, sino conducirlos a quien en verdad pertenecen: Dios, su verdadero Padre. Enséñales que este mundo es un regalo maravilloso en el que tienen que ser productivos y creadores como lo es su Padre. Enséñalos a amar, esa es una clase que no dan en ninguna escuela. Enséñalos a orar, a cantar, a bailar. 

Llegará el momento, querida hija, en que deberás dejarlos libres con todo el riesgo que esto implica, así les enseñarás el buen uso de su libertad, y ellos aprenderán quizás a partir de sus errores. Si tú hiciste lo propio, si creaste en ellos esta clara conciencia de su origen, de su dignidad de hijos de Dios, entonces algún día te llegarán con la novedad de hacer algo que descubren como la voluntad de Dios en sus vidas. Déjalos que lo hagan. 

El camino de todos los hombres implica dolores y sufrimiento junto con alegrías y satisfacciones. Se consiente de eso. Tu labor a partir de que ellos dejan la casa es la oración y solo eso. Nada más que eso. Si hiciste bien tu trabajo y eres una mujer de fe sabrás que lo que se pone en manos de Dios nunca se pierde. 

Un consejo más, por si acaso te tocar vivir lo que yo viví. Dios da la muerte y la vida, pero todo lo que es de él nunca muere. La muerte ha sido vencida. Veo a muchas mujeres llorar por la muerte de sus hijos, yo estoy muy cerca de ellas. Tu hijo no está muerto. Vive. Vive con su Padre por la eternidad y te espera. La muerte ha sido vencida. La venció mi Hijo. 

Yo estoy contigo, mi Hijo me los dio a ustedes y los amo. Yo también soy mamá, yo también escucho la suplicas que me diriges, las pongo en mi manto y las entrego a mi Hijo, ninguna queda sin respuesta.

Felicidades querida hija, porque eres madre y así eres sacramento de las entrañas amorosas de Dios. Escúchame y recuerda bien tu que hoy sufres y te sientes sola ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Ven a mí y yo te conduciré a mi Hijo. 

María de Nazareth.