viernes, 18 de julio de 2014

Sexo casual con Dios


Me he atrevido a titular de esta manera la presente reflexión en primer lugar por qué mis sujetos principales son los jóvenes y esta expresión es un término que en razón del ambiente social podrían fácilmente entender, y segundo, porque precisamente este término me ayuda a expresar un realidad y un fenómeno doloroso dentro de la iglesia y la vida de la fe.

Resulta que el término «sexo casual» o «sexo ocasional» se refiere a esta tendencia  mayormente –aunque no exclusivamente- juvenil, de buscar una pareja con quien disfrutar un rato de placer sexual, sin mayor compromiso que el cuidar que ese momento no produzca un mayor compromiso (protegerse por un posible embarazo). El fin de semana se convierte para cada vez más jóvenes en una verdadera cacería de este tipo de experiencias,  que al parecer no solo les otorgan el deleite momentáneo sino que además les concede un perfil “aventurero” ridículamente atractivo.

Queda claro que en este tipo de experiencias lo más importante consiste en saciar un apetito instintivo y darle prioridad al placer. Se ha desterrado completamente el amor o en el mejor de los casos –si así pudiera decirse- se hace el esfuerzo por reducir el amor a un deleite momentáneo. Y se le sigue llamando «hacer el amor».

Definitivamente esto no es amor. El amor verdadero y perfecto tiende al futuro, no acepta acabarse y menos en tan poco tiempo. El amor verdadero busca dejar huella, dar frutos, ser fecundo. El amor verdadero encuentra en la persona correcta alguien que lo complementa, lo perfecciona, lo integra, y esto no se puede lograr en una sola noche, y mucho menos en un simple momento.

Precisamente quizás sea la vivencia de esto o ser un espectador social de este tipo de experiencias lo que ha llevado a algunos cristianos a querer hacer lo mismo con Dios. Gustamos estar con él un momento de profundo “amor” que concluye tan pronto como termina la misa o la oración o la alabanza, en la que hemos sacado catárticamente todos nuestros sentimientos, llorando amargamente o sintiendo hasta en lo más insensible de nuestra piel una sensación divina. Pero al terminar, nuestra vida no se ha perfeccionado ni nos sentimos exigidos a perfeccionarnos, no damos frutos, nos conformamos con lo que vivimos en ese rato y nadie más sale beneficiado de un amor tan inmenso como el que Dios ofrece. Hemos abusado de Dios, lo hemos ­ «instrumentalizado» es decir lo hemos convertido en un instrumento de placer que buscamos a nuestra antojo y un antojo que nos hace sentir “santos” aunque sea falsamente.

Cuando hablamos de la fidelidad de Dios hemos de referirnos, de manera obligada, quizás, a la historia de Oseas. Aquel profeta que por orden de Dios se une a una mujer dedicada a la prostitución y de quien se enamora a pesar de sus infidelidades hasta el punto de tener que pagar un rescate por ella y seguirla amando. Oseas se convierte en la burla de su pueblo y es entonces cuando Dios dirige su mensaje de amor fiel:”Yo te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tu conocerás a Yahvé”. (Os 2, 21-22) La fidelidad, la compasión, la lucha de Dios por nosotros es diaria y a cada momento, sin cansancios ni permisos, produciendo en nosotros frutos de los que otros pueden alimentarse. Su amor me hace parte de su familia y me da hermanos. Dios no quiere pasar un “rato placentero” conmigo, él me ofrece la eternidad junto a él y junto a mis hermanos.
Por eso no es válido que aquellos que ya hemos sido beneficiados y que ya hemos vivido ese encuentro cercano, cara a cara con él, le ofrezcamos a Dios simples momentos de placer sin comprometer en serio la vida. No es válido agasajarme con su presencia y no hacer para él más hijos en la fe que lo conozcan. No sentir el celo de querer que cada vez más personas conozcan su amor. No es válido vivir mi vida siendo una “magnifica” figura espiritual si no soy productivo en un mundo que necesita mi talento y mi sudor, mi testimonio cristiano en la escuela o en el trabajo. No es válido seguir reservando cosas en mi vida que no quiero que sean tocadas por él porque siento que me quita la vida o la diversión. No es válido seguirse mintiendo así mismo y a los demás en una apariencia espiritualizada que al único que deja con las manos vacías es a Dios, quien en realidad no tiene nada de nosotros. 


¡Basta de abusar de Dios! ¡Basta de convertirlo en objeto de un “placer fugaz” ! ¡Basta de ese sexo ocasional con Dios que nunca va a significar una verdadera relación con él! Disfrutemos de su presencia en la oración y en el cansancio del trabajo cotidiano tan complicado en el que también nos acompaña él. Disfrutemos de su amor en la Eucaristía donde él se ofrece por nosotros y en el resto del día donde nosotros hemos de ofrecernos como apoyo, consuelo y paz para otros. Disfrutemos de su amor fiel que nos llama y empecemos a trabajar con creatividad y sin descansos porque otros escuchen la voz que nosotros hemos escuchado. Vivamos unidos a Cristo en sus sacramentos, mostremos nuestro amor en un apostolado constante y fiel, sigamos conociendo su voz amante y su voluntad salvadora en la lectura cotidiana de su Palabra, amemos a esta Iglesia que es su Cuerpo místico y esa esposa que embellecida por él se une desde este tiempo en una alianza eterna de amor a Dios que lo da todo y que lo espera todo, para bien de nosotros.