sábado, 15 de septiembre de 2012

Ciento...!!!emoción¡¡¡

Nuevamente me doy el permiso este año de hacer un anuncio solemne de algo que me emociona cual niño pequeño con promesa de regalo. A partir de hoy faltan 100 días para la celebración de la Navidad.

Y en esta ocasión la motivación es mayor porque en este terruño mío hoy amaneció lluvioso y fresco después de una larga ola de calor, y aunque todos vayan gritando y corriendo con nuestra bandera nacional, yo me permito sacar una sonajilla roja de cascabeles y hacerla sonar para que desprenda como un perfume que inunda todo, ese alegre sonido que ya espero escuchar con más frecuencia.

Así que mis queridos lectores, este escritor aficionado, empieza a prepararse para volver a perder la cordura  y la madurez y empiezo a convertirme en niño, como aquel Benjamin Buttón.

Que disfruten este tiempo, que yo haré lo mismo.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Superhéroes sin capas, ni mascaras


Todos los niños en algún momento quisimos ser superhéroes, y hablo especialmente de los niños varones, aunque seguramente muchas niñas también tuvieron a sus superheroinas admiradas.

Los veíamos en las caricaturas de la televisión o en los comics realizando proezas a favor de los que se encontraban en peligro o riesgo, salvando vidas, defendiendo a los indefensos, etc.  Precisamente pensando en esas caricaturas o imágenes de la infancia y de mi devoción a ellas he reparado en algo significativo. La admiración hacia aquellos personajes tenía su punto culmen en el bien que podían hacer, de manera muy simple dejaban una lección moral que los niños quizás no alcanzábamos a entender pero que se resumía en aquello de que “el bien siempre triunfa sobre el mal”

Los superhéroes, personajes sacrificados y valientes, recios y siempre llenos de esperanza, inteligentes y educados, eran “superhombres” porque aunque vinieran de otro mundo no dejaban de tener figura humana quizás por el anhelo de los caricaturistas de que la figura humana contara en sí con aquellas virtudes.

Poco a poco los superhéroes, han venido a menos, se desvió la atención de sus actos heroicos a la simple atracción morbosa de sus “super-poderes” y actualmente vemos a un montón de personajes con poderes excepcionales y con graves conflictos internos, ya no son “superhombres”, son simplemente mutaciones o simples “accidentes científicos”.

No nos desviemos del tema, mi intención no es criticar este subproducto cultural (comic) que ocupa el noveno lugar en la clasificación de las artes, sino entender cual pudo ser la motivación inicial de quien habría creado el primer superhéroe. Se trataba de postular ante la sociedad a un ser, humano en su imagen, pero sobrenatural en sus virtudes y potencialidades siempre dirigidas al bien común. Y es precisamente esta anterior definición algo que fácilmente podríamos traducir en la nobleza del alma cristiana y de esa santidad sobrenatural que nos mueve a hacer cosas por encima del horizonte humano.

Dios le da al hombre “superpoderes” sin que tengan que ser de otro planeta o sufrir un accidente químico. Tales capacidades le vienen al hombre de su propia voluntad y libertad, que lo hacen sacrificarse por los demás, luchar contra las injusticias, salvar vidas, promover la esperanza en medio del caos, y en vez de desaparecer de la pantalla en el momento del reconocimiento hacer una humilde referencia a quien lo sostuvo en medio de tan duras batallas.

Sin embargo, de esos héroes hay pocos… los hay gracias a Dios, pero son menos de los que deberían ser. Buscamos más bien los superpoderes caricaturescos, volar, sacar telarañas de los puños de las manos, trepar edificios altos, tener visión de rayos laser, u oído de largo alcance, pero pocos quieren sacrificarse, salvar vida y luchar por la injusticia tan presente en nuestra sociedad.

Necesitamos hombres y mujeres que reconozcan que Dios cree en los “superhombres” y nos dotó de lo necesario para lograrlo. Hombres y mujeres que anhelen superarse a ellos mismos y en vez de encerrarse con necedad en sus propios problemas (que jamás resolverán porque les gusta vivir de ese modo)  se abran a las necesidades de los demás. Superhombres  y supermujeres que le enseñen al mundo la maravillosa capacidad y potencialidad de la humanidad llena de Dios.

San Maximimiliano Kolbe no ocupó una capa para sacrificar su vida en intercambio por aquel padre de familia, la Beata Teresa de Calcuta nunca uso un antifaz para recoger a los niños que eran abandonados en las calles, el Beato Juan Pablo II voló en un simple instrumento humano en medio de sus enfermedades y su debilidad obvia, las últimas veces ya sin voz, a fin de que su sufrimiento fuera un mensaje de fidelidad a Cristo, y otros tantos héroes anónimos que se preocupan más por otros que por ellos mismos, mamás, papás, médicos, maestros, etc.

Basta para lograr la misión dejar de dar de nosotros lo menos y empezar a dar lo más. Somos, diría Jesús, lámparas encendidas que no se pueden esconder debajo de una mesa, sino dispuestos sobre ellos para iluminar la oscuridad. Se trata de erradicar ese pensamiento diabólico de que somos poca cosa y empezar a creer que Dios no ha enviado al mundo ningún ser inservible, y no solo eso, Él espera de nosotros grandes y maravillosas cosas. Y es que definitivamente fue realmente Dios quien ha creado los mejores superhéroes sin que sean personajes ficticios.  

sábado, 1 de septiembre de 2012

"Allí en lo secreto"



Fue para mí una novedad descubrir el modo en que la Gaudium et spes (Documento Conciliar) hacen de la conciencia y el corazón una misma cosa: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente.” (GE 16)


Y digo que fue una novedad porque para la primera vez que leí lo anteriormente citado, identificaba la conciencia con una capacidad personal de razonamiento, un movimiento propio  en el que no intervenían más que mis propias consideraciones. Entendía sí, que era algo intensamente personal, allí donde yo podía descubrir el origen de todas mis motivaciones e intenciones, pero en el que no parecía existir más que mi propia voz y voluntad.

Visto de esta manera no era muy agradable acercarse a aquel “lugar” ya que tenía que encararme conmigo mismo y con un sin número de acciones  que nunca debí haber aprobado.

El corazón por otro lado consistía en aquel lugar de ensueño en el que solo habitaban sentimientos nobles, anhelos luminosos y esperanzas siempre despiertas. La conciencia oscura por un lado y el radiante corazón por otro.

Pero apareció frente a mi Gaudium et Spes inspirada por Dios en la que me dicen que ciertamente la conciencia y el corazón son uno solo y allí mismo puedo escuchar la voz de Dios que quizás por voluntad propia no había querido escuchar o yo mismo había ahogado, o al menos lo intentaba con mucha fuerza.

Motivado en esa reflexión distinguí -en una interpretación muy personal- tres pasos en aquella recomendación de Jesús acerca de la oración: “Tu en cambio cuando vayas a orar, (1) entra en tu cuarto, (2) cierra la puerta y (3) ora a tu Padre, que está allí en lo secreto…” (Mt 6, 6)

Para mi aquella recomendación a la oración que debe ser siempre constante, en todo lugar, requería entender aquel “cuarto” no como el espacio físico dentro de mi casa, sino más bien con esa conciencia, lugar del corazón y como más adelante dirá la Gaudium et spes, “Sagrario del hombre”. Alli estoy invitado a entrar y cerrar la puerta, dejando todo lo exterior y concentrándome en ese lugar íntimo y completamente personal, donde cuelga de los muros espirituales de mi ser infinidad de imágenes de mi mismo que me revelan en verdad quien soy, mis afectos, mis emociones, mis satisfacciones, mis incertidumbres, y allí en medio de todas esas imágenes sentado en una de las únicas dos sillas de aquel lugar encuentro a mi Padre “que está en lo secreto”, mirando junto conmigo todas aquellas imágenes pero con una cara no avergonzada como la mía sino más bien sonriendo al verme llegar. Es mi Padre.

Él toma la iniciativa “Dime cómo estas”, y se empieza un dialogo delicioso en el que no tiene sentido mentir o justificarme pues estoy frente al que lo conoce todo, incluso ese oscuro cuchitril que tengo por  “sagrario” personal y que durante la conversación se irá iluminando más y más. Eso es orar.

Precisamente por esto resulta imposible orar cuando no tenemos el valor de entrar en nuestra conciencia-corazón y reconocer todo lo que allí hay, cuando tenemos miedo porque sabemos que no solo nos enfrentaremos a nosotros mismos, sino que nos encararemos con Dios. Se vuelve a repetir aquel miedo de Adán y Eva que tontamente se esconden de Dios: “te he oído andar por el jardín y he tenido miedo porque estoy desnudo…”. Mostrarse tal cual frente a Dios, desnudos de mascaras, justificaciones, excusas, es algo que nos sigue aterrando.

Es necesario entender cuál es la intención de Dios al estar allí esperándonos en ese cuarto interior y personal. Él desea iluminar mis más oscuros temores, fortalecer mis dolorosas debilidades, aclarar mis enredadas confusiones y hacer resaltar las más bellas experiencias de mi vida. Cuando esto se hace frecuentemente vamos haciendo de ese “sagrario personal” una imponente y luminosa catedral donde Dios rige y dirige mi voluntad unida libremente a su voluntad amorosa y salvadora.

La interioridad es pues este proceso y capacidad de entrar en nosotros mismos. Se nota cuando no somos capaces de interioridad, es cuando buscamos el ruido distractor y los entretenimientos escandalosos con la intención de olvidar que existe ese espacio dentro de mí dónde puedo conocerme realmente, desnudo frente a Dios y sin vergüenza, porque frente a él nunca ha habido nada que temer.